Convivir con lo vivo,
decirnos, sin fronteras,
dónde está nuestro abrazo,
y si es posible arar espacios de esperanza
en los que crezcan libres el trigo y el sosiego.
Unir Arte y Ecología es tanto como reconocer que la vida, esa que se manifiesta en la naturaleza, es una cuestión que va mucho más allá de lo meramente racional; que se instala tercamente en los mundos de la intuición, de las emociones, de la fantasía, los mitos y los sueños.
Por ello, el bien obrar, de acuerdo con las leyes de la naturaleza y en el respeto a los demás, es, en definitiva, “el arte de saber vivir”, un arte que toma sus referencias en todo el conocimiento existente pero que, en última instancia, es siempre una aventura irrepetible, llena de incertidumbres, de avances y retrocesos, en la que cada uno de nosotros va descubriendo sus luces y sus sombras para aprender a ser persona desde ellas.
Durante siglos, en la larga Modernidad que se inició con Bacon, Descartes y Newton y que hoy todavía se deja sentir, se nos repitió con insistencia que sólo el mundo de la ciencia y las instancias racionales llevarían a la humanidad a su emancipación.
Lo peligroso de este aserto no fue la idea misma, sino sus excesos: la evolución hacia un racionalismo feroz que ha ido expulsando del mundo a cuanto no le era funcional: el amor, el llanto, la risa, el abrazo amoroso..., la vida en su expresión primera, la que contiene al ser humano en su totalidad.
Lo peligroso de este aserto no fue la idea misma, sino sus excesos: la evolución hacia un racionalismo feroz que ha ido expulsando del mundo a cuanto no le era funcional: el amor, el llanto, la risa, el abrazo amoroso..., la vida en su expresión primera, la que contiene al ser humano en su totalidad.
La ciencia que nació entonces, reduccionista, determinista y mecanicista, inició así un camino en solitario que, si bien permitió alcanzar notables éxitos en la resolución de problemas concretos (fabricar un avión, curar enfermedades...), cayó en una especialización diseccionadora bajo la cual el ser humano y la naturaleza fueron contemplados a modo de máquinas, como lo haría un relojero. La fragmentación social que hoy vivimos, la pérdida del sentido de unidad con todo lo existente, el panorama de un mundo divido entre un Norte y un Sur cada vez más distantes, son, en buena medida, consecuencias de este modo de contemplar la realidad, como una colección de piezas aisladas y no como un verdadero conjunto organizado en el que el todo y las partes se imbrican íntimamente.
Hoja de hierba
Muchos artistas reaccionaron frente a este paradigma. Por fortuna, ellos supieron ver, como Walt Withman, que todo el mundo sideral vale tanto como una hoja de hierba, y que lo humano, esa capacidad para amar, soñar, dolerse y alegrarse, es algo que desborda a cualquier ley o teoría. Cuando Hölderlin nos recordaba que “poéticamente habita el ser humano la Tierra”, algo se estaba removiendo en los cimientos de ese pretendido mundo racionalista. Habitar poéticamente la Tierra significa hacerlo como creadores..., como hacedores de nuestras propias vidas..., pero también como constructores de mundos posibles..., de sociedades más equitativas, en las que la riqueza y el bienestar estén mejor repartidos..., de mundos más respetuosos, en los que los límites de la naturaleza sirvan como referente y freno para la ambición y la codicia de unos pocos.
Felizmente, también entre los propios científicos aparecieron disidentes, personas que, una vez alcanzado un cierto conocimiento teórico sobre la vida, se atrevían a enfrentarse al misterio, a aceptar la presencia del desorden, a negociar con el azar... De su mano supimos que el conocimiento que no arde, que no se somete a la prueba del fuego purificador, no es verdadero conocimiento. Ellos nos enseñaron, como Bateson, a encontrar pautas y conexiones en el mundo de lo real para verlo como un todo integrado. O, como Heisenberg, David Bohm, Prigogine y tantos otros..., se atrevieron a hablar en alto sobre la incompletitud del conocimiento científico para dar cumplida cuenta de la complejidad del mundo.
María Novo es Doctora en Filosofía y Ciencias de la Educación. Escritora. Artista plástica. Directora de la Cátedra UNESCO de Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible en la Universidad Nacional de Educación a Distancia de España. El artículo fue publicada en http://www.tendencias21.net/. Lea el artículo completo haciendo click aquí
Este sábado en Pensar en Nada abordaremos como tema central el vínculo entre arte y ciencia y las estrategias para generar conciencia desde las experiencias estéticas. Conversaremos con la Dra. Alejandra Marinaro, Directora de la Escuela de Comunicación Multimedial de la Universidad Maimónides y Directora del Laboratorio Argentino de Bioarte. También contaremos con la columna especial de la Lic. Marina Homberg.

No hay comentarios:
Publicar un comentario